El Cuento por: Gracelia Docampo
Edición nº 106 - 15 Nov./15 Dic./2003
- Pero maestro -respondió Vingerotix todavía débil y torpe-, por fin empiezo a entender las lecciones. He sentido al bosque… Por fin sé... ¡Que quiero ser El Guardián del Bosque!
Y así fue, como Vingerotix, el pequeño Druida, empezó su educación para llegar a ser un gran mago. Y fue uno de los más grandes guardianes del Bosque.
Antes de llegar a lo que queremos ser, amiguitos, hay un largo, largísimo camino que debemos cubrir estudiando y estudiando y, si no, preguntarle a Vingerotix ... ¡EI Guardián del Bosque!
Dicen que era... Cuentan que era una vez...
El anciano Druida empezaba a desistir que su joven pupilo llegara algún día a conocer la Norma. Pero sucedió que...
Un día, al volver a la cabaña un emisario del poblado requirió la presencia del mago, pues una tribu cercana se disponía a atacarlos y el mago debía de preparar pócimas que dieran valor a los guerreros. El muchacho pensó que su maestro lo llevaría con él, y que por fin conseguiría aprender lo que el quería saber; magia y pócimas. Pero el mago, como si adivinara su pensamiento le dijo:
-Tú te quedarás aquí y esperarás hasta que vuelva. Mientras, limpia y adecenta un poco la cabaña –dicho esto, Ainvar y el guerrero partieron en rápidos corceles.
Resignado, Vingerotix cogió una escoba y empezó a barrer la adusta estancia. Una vez terminado y aburrido por no saber que hacer, se dirigió al armario y lo abrió. Lo primero con lo que tropezaron sus ojos fue la túnica de ceremonias que el mago tenía colgada y, sin pensárselo dos veces, se la colocó. Se arremangó las mangas que eran muy largas y poniéndose la capucha que tapaba su cabeza empezó a imitar al mago. Encontrándole un gusto inesperado a su parodia sacó, también del armario, un grueso volumen donde estaban escritos algunos de los rituales del mago. Y con el libro bajo el brazo, Vingerotix se dirigió descalzo, como había visto hacer en alguna ocasión a su maestro, al claro del bosque.
El guardian del bosque
El joven muchachito caminaba despacio, casi de puntillas por el oscuro y verde bosque, y no porque tuviese miedo, no, nada de eso. Vingerotix -que así se llamaba el chico-, no tenía ningún miedo, ya que se había criado jugando por allí. Sin embargo, su rostro denotaba preocupación
Iba pensando en su futuro, pues de ahora en adelante sería el aprendiz del viejo Ainvar, que era maestro, mago y jefe de los Druidas de su pueblo. y aquello no le hacía ninguna gracia, pues le hablan dicho que tendría que estudiar mucho y lo que el realmente quería ser era guerrero y no el próximo Guardián del Bosque.

Mientras en la cabaña del Bosque de los Robles...
-Ojos grandes -llamó Ainvar, a su fiel búho-, sal a buscar a nuestro pequeño invitado, pues la leche de la merienda se está enfriando.
Y el gran búho salió majestuosamente por el ventanuco, en busca de
Vingerotix, que nunca había estado en la cabaña del viejo mago, ya que su pueblo consideraba la cabaña y sobre todo el Bosque, como un lugar sagrado. Por eso, tampoco conocía a Ojos grandes, el búho mascota de Ainvar. Ojos grandes divisó al muchacho en medio del bosque -Buhuuuu, Buhuuu, -gritó el búho tratando de llamar la atención del rapaz. Pero como este todavía no sabía como comunicarse con los animales, ni con la naturaleza, lo único que hizo fue mirar al búho con interés y con un poco de recelo. Y como todo niño curioso, siguió al alado animal cuando éste levantó el vuelo. Se quedó sorprendido cuando lo vio entrar por la ventana de la cabaña de Ainvar.
-¡Caray! Vingerotix -exclamó enfurruñado el mago, cuando por fin el niño entró por la puerta-. Llegas tarde, casi se ha enfriado la merienda... Ah, creo que vas a causarme siete clase de problemas, pero es posible que valga la pena. Si logramos tolerarnos mutuamente, el tiempo suficiente para averiguarlo. Y más tranquilo continuó:
Vingerotix ya sabía que ser un druida no sería cosa fácil; su madre siempre se lo repetía, pero ni en sus más remotos sueños pensaba que tendría que estudiar tanto ni tan duro.
Y fue muy duro; Día tras día, el viejo mago y el joven muchacho salían al amanecer y después del ritual de dar las gracias por un nuevo día, empezaban las lecciones.
Las aulas eran los claros del bosque. Ainvar quería que Vingerotix absorbiera la sabiduría de los árboles, ya que Druida, como le explicó, significa «El que tiene el conocimiento del Roble».
-Los bosques -decía el maestro-, son más antiguos que la memoria. El tiempo está almacenado en sus raíces, sus troncos y sus ramas. La generosidad está en la naturaleza de los árboles, de modo que quédate quieto y recibe lo que te dan y mira allí -señalaba la luz y la sombra que pasaba a través de las ramas-. Ahí está la Norma. Desde el cielo al árbol, o al simple pájaro o insecto cada fragmento de la creación forma parte de un todo, y todo nos conecta con la Fuente de Todos los Seres y...
Y Vingerotix, con toda la fuerza de voluntad de la que era capaz, intentaba escuchar a los árboles y conectar él también con la Fuente. Pero siempre se perdía mirando a la primera mariposa que pasaba por su lado.
A pesar de poner todo su empeño en aprender, nada, que Vingerotix no entendía nada de nada. Él pensaba que aquello de ser Druida sería otra cosa. Por eso, pasó el año sin que su maestro pudiera felicitarlo ni una sola vez.
Una vez allí, se dejó llevar por la magia del libro. Con los ojos cerrados, sintiendo a través de la capucha la ligera brisa del bosque, empezó a cantar las letras del libro. Practicando la inmovilidad, tal como le habían intentado enseñar durante más de un año, conectó su mente con la naturaleza, hasta que empezó a oír la música del viento, que movía a los árboles como si fueran instrumentos musicales.
Cada árbol tenía una voz diferente; susurraban, gemían, tarareaban, crujían, parloteaban y lloraban y el viento, al pasar a través de ellos, componía una sinfonía ondulante, estática y sublime y Vingerotix se unió al Todo.
-Anda, siéntate y come, porque supongo que como todos los jóvenes, primero querrás comer, ¿no es cierto? Mientras, te explicaré el plan de estudios de este primer año, y si en tu cabeza hay algo más que pelo, quizás el próximo año empecemos a estudiar de verdad ¡A ver! creo que los guardé por aquí...
Y rebuscando por el único armario de la habitación continuó:
-Sí, aquí están..., son: naturaleza, botánica, matemáticas, geografía, relaciones humanas y algo de historia Druídica para empezar y...
Y conforme hablaba el mago, sacaba del pequeño armario pergamino tras pergamino, haciendo aterradores montones encima de la mesa. Los pelillos de la nuca del chico se erizaron todos a la vez. Su pequeña cara, momentos antes risueña, se fue transformando hasta convertirse en una mueca sombría.
La tierra olía a tierra mojada y a madera... y el éxtasis le envolvió.
- Vingerotix, hijo te encuentras bien -le preguntó el mago que se hallaba arrodillado a su lado-. Has pasado aquí dos días. Podrías haber cogido una pulmonía. Anda, vamos a la cabaña. Ya he hablado con tus padres y vendrán a recogerte pronto.
Ahora era capaz de oír a las hojas y a la hierba creciendo bajo sus pies, o a una coneja en su madriguera dando de mamar a sus gazapitos, a un pájaro y a sus pollitos… y hasta podía reconocer la voz de cada polluelo, como sólo su madre podría hacerlo; Y a los insectos y a las abejas que curiosamente cantaban mientras libaban las flores… El bosque le explotó en los sentidos con tanta fuerza que sintió como su carga le arrollaba, enterrándolo y acogiéndolo en su seno.
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