Esta es la historia
de Esteban, un niño que no tenía ilusión por la Navidad...
Porque...
Esteban estaba triste... De nuevo era tiempo de Navidad y sus compañeros
y amiguitos del internado se marchaban a casa con sus papás y familiares.
Bueno... Todos menos el mismo Esteban, que era huérfano de padre
y madre. Su tío, su único pariente vivo, era corresponsal
de guerra y aquellas Navidades, Esteban, no sabía en que sitio
del mundo se encontraba cubriendo una nueva batalla, una nueva guerra
que los separaba de estar juntos aquellos festivos días.
Bien... Quizás por eso Esteban odiaba la navidad.
Pero... Sucedió que aquel día...
Esteban, se encontraba en el más oscuro rincón de la biblioteca
mientras esperaba que le llamaran para comer. Como todavía le quedaba
un buen rato decidió coger un libro para matar el tiempo. Pero...
Al pasar por una estantería cargada de libros, y como por arte de
magia, desde arriba de la alta librería, sin saber cómo, le
cayó un libro en las manos... no sin darle primero un buen coscorrón
en la cabeza.
Aturdido y maldiciendo cogió el libro que le había caído
en las manos. Como le daba lo mismo un libro que otro Esteban ni siquiera
miró el título, simplemente lo abrió y empezó a ojearlo.
Sin darse cuenta, al cabo de unos momentos se encontró leyendo ávidamente
su contenido. Hablaba de la Navidad y de un fantasma que...
-¡Qué interesante, verdad! -dijo una voz a su espalda
Esteban se dio la vuelta para contestarle al intruso que había osado
a molestarle, y casi se cae de culo desde lo alto de la silla cuando se
dio cuenta de quien le estaba hablando.
Era un extraño ser, especie de duende y hada. Muy hermosa. Completamente
transparente y nebulosa que medio flotaba en el aire y le sonreía
sin reír.
-¡Bueno, ya me tienes aquí! ¿Qué rábanos
quieres de mí? -le preguntó el extraño ser.
-¡Yo no te he llamado! -contestó gritando histérico
Esteban.
-Baja la voz -le contestó tranquilamente aquel ser-. Que estamos
en la biblioteca y ahí pone: ¡Silencio, no hablar! -dijo señalando
el cartel de aviso de silencio de la biblioteca -Y... ¡Sí!
Que me has llamado; yo soy el Fantasma de la Navidad. Y acabas de desear
que viniera a verte. Así que... ¿Quieres decirme, por favor,
y de una vez... Para qué me has llamado...?
Esteban, se restregó los ojos y volvió a mirar a su interlocutora.
Sí; el ser continuaba allí y era real... Pasaron unos segundos
y sin pensar en lo que decía le contestó:
-Si tú eres el Fantasma de la Navidad y tienes el poder de hacerme
ver que va a pasar... Bueno, pues... A mí me gustaría... Verás;
todos mis amigos se van a sus casas... Tienen padres, parientes y yo...
siempre encerrado aquí. Y esto es aburrido... ¡¡Aburrido
y más que aburrido!! Me gustaría saber... Qué pasaría
si yo no estuviera presente este año en este... ¡Maldito internado!.
-¡Niño! -contestó enfadado el ser-. No reniegues, que
es feo... Esta bien, ven conmigo y yo te enseñaré lo que será la Navidad en este lugar sin tu presencia... -Y el fantasma, moviendo la
mano, hizo que Esteban se viera flotando en el aire y observando...
Lo primero que vio fue la pequeña capilla del internado. Oficiaban
la Misa del Gallo, pero la gente parecía más triste que de
costumbre, ya que nadie cantaba el Avemaría... Porque Esteban, que
era quien cada año lo hacía, lógicamente no estaba
allí... Aquella fue una triste misa sin la alegría de la angelical
y joven voz del niño ...
El
Cuento por: Gracelia Docampo
Edición
nº 85 - 15/Dic./15Ene./2002
Un
fantasma llamado Navidad
Seguidamente...
El humilde Pesebre, compuesto por la santa Pareja y el Niño Jesús,
que Esteban montaba cada año en cada una de las habitaciones de cada
enfermo del hospicio...
Tampoco lo había montado nadie. Ya que, lógicamente, el niño
no estaba para alegrar la vista y la vida de aquellos enfermos, algunos
terminales... que ya no volverían a ver otro año.
Ningún ruido en el hospicio, como por ejemplo el que Esteban hacía
patinando en el pasillo... Y que, armando jaleo, alegraba la vida a las
monjitas que acostumbradas al bullicio de los niños paseaban taciturnas
y como almas en pena por los largos pasillos...
Don Sebastián, un anciano encantador y amigo inseparable de Esteban
desde hacía tres Navidades, estaba melancólico y se negaba
a comer el pollo Navideño del hospicio ya que le faltaba la alegría
de Esteban..
-¡ Entonces, el fantasma de la Navidad le dijo a Esteban:
-No lo parece, ¿verdad? Pues es la última Navidad de Don Sebastián,
porque tienes que saber que el pobre anciano está muy enfermo.
Esteban no salía de su asombro. Ni por lo más remoto hubiera
pensado que la gente, aquella gente triste y vestidos de negro, como así
llamaba a los curas y monjas del internado, les hiciera tanta falta un crío
tan revoltoso como él.
¿Dime Esteban, te gusta lo que hasta ahora vas viendo...?
-Desde luego -continuó el fantasma- el año que viene habrá
más niños como tú, que no tienen parientes y que se
tendrán que quedar en el hospicio. Pero este año faltarás...
¡Tú! ¡Ah!, y si no estás este año aquí...
tú sabrás a donde quieres ir, pues tu tío Jhon no tendrá
ninguna razón para venir a verte... Y mucho me temo que en esa guerra
en la que está, pues...
El fantasma dejó en el aire, amenazadoramente, el final de su frase.
-¡Eso no es verdad!, maldito fantasma... A mi tío Jhon no le
va a pasar nada... -dedujo Esteban- ¡Te lo has inventado todo...!
-¡Eh! Que yo sólo ha dicho que, si tú no estas aquí
para que él venga, pues que... Verás; además -contestó
enfadada el hada-fantasma-, creo que fuiste tú, niño insolente,
el que dijo que quería saber lo que iba a pasar si tú no estabas
este año en el «maldito hospicio»... ¿Lo recuerdas...?
Pues bien... Si, como creo, convences a alguno de tus amigos para que estas
Navidades las pases con quien sea, que no sea aquí... eso es lo que
va a pasar. Y ahora con tú permiso, mientras te piensas lo que quieres
hacer, si quedarte o marcharte, ¡me voy!. Que estos días tengo
un montón de faena gracias a Charles Dickens... Ese escritorcillo
al que se le ocurrió escribir un «Cuento de Navidad»
¡Buf!, ¡Buf!
Y envuelta en una espesa nube de humo el hada fantasma de Navidad desapareció
de su vista. Humo que le entraba a Esteban por la nariz y que olía
como a magdalenas o pan recién hecho...
Aquellas fueron unas Navidades estupendas. Ya que Esteban insistió en ir cada día al hospicio. Cantó como nunca en la Misa del Gallo, armó todo el bullicio posible entre los pobres ancianos, haciendo las delicias y levantando enfados de los curas y monjas. Y, Don Sebastián y él pasaron muchos ratos juntos, con la joven pareja ya que, contagiados por su ilusión y su alegría, también su tío Jhon y Eloisa, su novia, les acompañaron todos los días festivos. Quizá,
para Esteban, aquellas fueron las mejores Navidades de su vida... porque
aprendió que, aunque no seamos imprescindibles, todos y cada uno
de nosotros somos irreemplazables... para quienes nos aman y nos quieren...
Queridos amiguitos, que paséis buenas Fiestas Navideñas y
que, el amor y la paz, presida vuestros hogares.
-¡Vamos,
vamos...! Esteban, despierta niño, que tienes visita -la madre Jovita,
la monja cocinera del hospicio estaba delante de él zarandeándolo-.
Es que, ¿acaso no quieres ver a tu tío...?
-¡Caray! -exclamó Esteban- ¡Me he dormido! Sólo
ha sido un sueño, un... ¡Maldito sueño...!
-¡Niño! -exclamó Jovita escandalizada, pero sonriendo:
-No maldiga, que está feo...
Esteban salió hacia la entrada corriendo como alma que lleva el diablo,
saltando, chillando y despertando a todo el mundo al pasar. Sí, allí
estaba el tío Jhon, al que le acompañaba una hermosa joven.
Más tarde se enteraría que su tío dejaba por fin de
ser corresponsal de guerra para ser un periodista local, ya que se había
enamorado de la joven que le acompañaba.
Conclusión; de momento Esteban tendría una madre y un padre... Y, aunque no dejara de ir al internado a estudiar, tendría como los demás niños una casa a la que llamar hogar.
Y
este cuento.... ¡Se acabó!
Dicen
que era... Cuentan que era una vez...