Monty, era un pequeño pez de río que hacía muy poquito que había nacido. Un día, que estaba comiendo tranquilamente en las límpidas aguas de su trozo de río, vio flotar muy cerca de él un enorme, gordo y sabroso gusano.
¡Que suerte! -pensó Monty- Hoy no me costará tanto esfuerzo, ni trabajo, llenar el buche, porque ese tonto gusano me va a alegrar el día.
Pero... antes de que Monty llegara a su suculenta comida... ¡zas! otro imponente y gordo salmón se le adelantó, cogiendo rápidamente al gusano y llevándoselo velozmente en la boca, que dejó a Monty con un palmo de narices y con la boca hecha agua.
Ya iba a protestarle al osado y despabilado congénere para decirle que él estaba primero cuando, el otro salmón, salió volando hacia fuera del agua, enganchado en un artilugio que Monty no sabía bien que era lo que podía ser.
Medio muerto de miedo, Monty le explicó lo que había pasado a Don Gustavo, la rana madre de la charca colindante con el río donde vivía Monty.
-Lo ha cazado un pescador, mi pequeño y joven amigo -dijo muy serio Don Gustavo-. A partir de hoy, además de tener mucho cuidado con los osos, ya sabes que también debes huir y temer a los pescadores, ya que ha empezado la temporada de pesca y el río se va a llenar de esos ruidosos y gigantescos bichos de dos patas que se pasan horas y más horas dentro del agua, y cuyo premio eres... ¡tú!. Si no lo haces así, terminarás como tu amigo... saliendo disparado hacia el cielo y posiblemente acabando en la barriga de dichos pescadores.
Al pobre Monty se le pusieron todas las escamas de punta oyendo a Don Gustavo, e infantilmente le contestó:
-¡Que dice, Don Gustavo! ¡Que miedo! ¡Que horror! -contesto realmente aterrado Monty. Y tras unos momentos de reflexión y con firme decisión continuó-: No, a mí no me van a coger, pues pienso marcharme muy lejos de aquí, porque sé que el río es mucho más largo. Nadaré todo lo que pueda para escapar del hombre.
-Esa podría ser una buena idea, hijo -contestó Don Gustavo-. Pero, creo que el hombre es un bicho malvado y que está por todas partes y...
Y, Don Gustavo, tuvo que callarse pues ya era inútil intentar hablar con Monty, ya que éste corría como un desesperado río abajo intentando poner su cola en polvorosa.
Después de muchas vueltas y revueltas por el ancho y largo río, Monty llegó sin que se lo pensara a otra extensión enorme de agua. Monty había llegado al mar...
El Cuento por: Gracelia Docampo
Edición nº 88 - 15/Mar./15Abr./2002
-¡Glubbb... glubbb, glubbb, ¡Uy!, qué salada está el agua -dijo escupiéndola estridentemente y ya iba a dar media vuelta y volverse por donde había llegado, cuando acordándose del trágico final de sus hermanos hizo otro intento de beber- Hummm, pero mira por donde... hummm, ñam, ñam... ¡que rica está! una vez superado el primer momento no está tan mal
Y No podría más que deciros que, cada día más, Monty estaba extasiado con la grandiosidad del mar y con la variedad de sus habitantes, pues hacía poco que había visto a los gigantes del mar... Las ballenas, que en un principio le asustaron mucho con aquellas enormes bocas. Pensó que su vida había llegado al final, pero por fortuna suya las ballenas, como todo el mundo sabe, son vegetarianas y sólo comen plancton y pequeños crustáceos. Así que una vez pasado el susto pudo disfrutar con el espectáculo de verlas. Aunque sí había tenido que correr por su vida, al encontrarse una vez con un terrible tiburón.
A pesar de todo ello, y que en el mar se estaba en constante peligro, se podía decir que Monty era un pez, razonablemente feliz.
Pero... un día.
-¡Corre Monty! -dijo muy alarmado el señor pulpo, retorciéndose y arrastrándose por la arena como alma que lleva el diablo. Y más que dispuesto a ganar una medalla Olímpica de lo deprisa que corría -Correeee... por tu vida. ¡¡Correee!!.
Y en un visto y no visto el señor pulpo desapareció de su vista haciéndose invisible bajo inmensas capas de arena, dejando al pobre Monty con tres palmos de narices y sin saber por qué tenía que correr. Pero, en aquellos momentos...
-¡Sálvate, sálvate Monty! -gritaron a coro el banco de sardinas, que enloquecidas no sabían por donde girar -Sálvate al menos túuuu....
Y, el banco de sardinas también salió a la desbandada y en dirección contraria a la del señor pulpo. Y Monty, cada vez más alarmado, no sabía hacía donde debía correr.
-¡Ya están aquíiii -gritaron las almejas y las navajas, mientras todas iban haciendo profundos hoyos y se enterraban apresuradamente en la arena y gritando desesperadas -Escóndete Monty, escoooondete.
Monty ya no sabía que estaba pasando y el pánico más espantoso se apoderó de él, y temió lo peor. ¿Sería un maremoto aquello tan horrible, que espantaba a toda clase de animales...?. Sin pensar hacía a donde iba ni qué haría, nadó todo lo veloz que pudo, hasta que por fin tuvo la suerte de encontrar una roca con un gran agujero y por el se metió. Desde allí pudo observar que era lo que tanto pánico había infundido a todos los animales y pudo ver el cruel, bárbaro, brutal y salvaje monstruo por el cual todo bicho viviente corría...
Aunque Monty no vio nada más que... una enorme cantidad de hilos, como el que utilizaba el pescador, sólo que estos estaban entrelazados entre sí y muy tupidos..., y estaban pasando por allí a toda velocidad, atrapando y arrasando a su paso todo lo que pillaba. Ya había atrapado al gran banco de sardinas que habían huido hacía el otro lado... pero... también llevaban al señor pulpo y a las pequeñas galeritas de apenas unas semanas de edad, que lloraban desconsoladas al encontrarse atrapadas en semejante lío.
A Monty se le empezaron a caer escamas de dolor al ver la cara de angustia de los otrora sus amigos
-Es una red de pesca -oyó decir a alguien detrás de su espalda, con una fuerte y gutural voz, que provenía de una colosal y terrible Morena, tan grande como una serpiente constrictor. No sé que deciros del terrible susto que Monty, quién ya no creía que podía asustarse más, se pegó en aquellos momentos de desolación y pensó que en el mar, no valía sentir pena, ni desesperación por los demás puesto que su vida estaba en peligro constante.
Pero la Morena, haciendo caso omiso del sobresalto, del ya gordo y hermoso salmón, continuó:
-Es una red de pesca que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Cualquier cosa, ya sea pez grande o pequeño, depredador y presa. Cualquier cosa es buena para la red, no respeta a nada ni a nadie. Si quieres, quédate en mi nido hasta que pase, te prometo que no intentaré comerte. Nosotros debemos ayudarnos unos a otros... o será nuestro fin.
Y Monty pensó, que prefería acabar en el mar y en las fauces de otro congénere que en la fría y despiadada red. Y agradecido a la Morena, se quedó. Y Monty pensó en aquella oscura cueva...
-Y yo que creía que un humano con un hilito era peligroso. Ahora veo que lo realmente peligroso son los humanos en el mar, y... ¡con lo grande que llega a ser... -y pensó con añoranza- Yo, que creía que había encontrado el paraíso... ¡Hoy mismo me vuelvo a mi río!
Y, aun en contra de la corriente, a pesar de los osos y de los humanos con caña, Monty volvió a subir río arriba, con la cola entre las aletas. Resignado a afrontar a su destino, pero esta vez en su hogar, como pez de río.
Y como el que quiere amoldarse a lo que no le gusta, lo consigue, Monty lo consiguió.
Y lo que llegó a disfrutar conociendo su nuevo hogar, aunque al principio todo era nuevo para él. Los corales, las algas, los cangrejos... ¡tan diferentes a los de río! Y sobre todo ¡las mareas!.Eso fue lo que más le costó aprender, eso y la nueva gente que iba conociendo. Eran tan opuestos a los del río... Y las distintas especies de peces, pulpos, calamares, langostas mil y una más que pululaban por el fondo del mar. Todo un nuevo mundo fascinante, lleno de vida y color, se abrió ante sus ojos de salmón.
Como Monty era un extranjero y no conocía bien aquella región, decidió y consiguió hacer amigos, pues su extremada corrección, simpatía y educación, hizo las delicias de los peces que conocía y a los que ellos, agradecidos por tan serviciales saludos, también le trataban amigablemente.
-¡Buenos días señor erizo...!, ¿Cómo está usted señora merluza... ¿Verdad señora almeja que hace un estupendo día...- Así iba saludando por doquier, uno a uno, a sus nuevos amigos.
Y, con el tiempo, formó una familia a la que empezó a contar sus experiencias en el mar. Tanto contó sus hazañas que, hoy en día, todos los salmones quieren ver el mar, pero al final, al igual que Monty, vuelven de nuevo al río...
Bueno, amiguitos y eso nos enseña, como siempre, entre otras cosas, a que más vale loco conocido que cuerdo por conocer; o lo que es lo mismo... Más vale afrontar un mal pequeño a que este se convierta en uno más grande...
Y si no me creéis, preguntarle a Monty, el salmón de río.
Y este cuento.... ¡Se acabó!
Dicen que era... Cuentan que era una vez...
Monty, el Salmón de río
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