Veréis,
hoy os voy a contar un cuento que sucedió así...
Dicen que, El Guardián de la Montaña, vivía en lo
profundo del Bosque del Valle Verde... También dicen que vivía
en una cueva, pero que no se sabía muy bien por donde se entraba.
Unos decían que si la entrada estaba por el hueco de un árbol
centenario... Otros que si por la ladera plana de la montaña...
Que si por aquí... Que si por allá... Pero en realidad,
nadie sabía por donde vivía el increíble Guardián
de la Montaña... ¿Y para qué necesita un Guardián
una Montaña, os estaréis preguntando...? Pues... Esa es
una muy buena pregunta...
Bien.
Os contaré que aquella montaña del Valle Verde era una Montaña
muy especial... Tan especial era, que en su interior guardaba ricos tesoros...
Grandes vetas de plata y oro recorrían su interior como si fueran
venas. Y, si eso ya era de por sí motivo suficiente para pelearse
y buscar dicho tesoro, debéis de saber que la cosa no acababa ahí...
Ya que, también poseía cuevas con turquesas, zafiros, topacios,
diamantes, esmeraldas y rubíes... pegados por las paredes como setas
alrededor de un árbol..., y cuya visión enloquecería
de avaricia la mente de cualquier hombre que lo viera. Piedras de tan incalculable
valor que sólo un saquito de dichas piedras haría rico a cualquiera
para el resto de sus días...
¡Ah! pensaréis, con razón necesitaba un guardián
semejante tesoro, pero... la cosa no terminaba aún......
La montaña poseía cuevas enormes con estalactitas y estalagmitas.
Agatas, cristales de roca, cuarzos, amatistas... Jades, jaspes rojos y negros,
ópalos de todos los colores...
Deciros que, cada uno de los tesoros de las cuevas era un recreo para los
ojos y los sentidos, es deciros poco, pero...
No acababa ahí la cosa sino que había más... y es que
también tenía un lago en su interior y dentro de dicho lago
vivían hadas... Unas hadas muy especiales, mitad mujeres y mitad
peces... En fin, que eran sirenas... Unas especiales sirenas de agua dulce,
tan bellas y dulces como el mismo agua que les daba cobijo...
Por lo cual, el tesoro del Guardián de la Montaña era codiciado
por todos los hombres de aquel país y de otros lejanos países
que habían oído hablar de la prodigiosa Montaña...
¿Os he dicho que aquel tesoro era codiciado por todos los hombres
de aquel país...? Pues bien, no es del todo cierto ya que había...
digamos..., algunos hombres a los que les daba lo mismo que la montaña
tuviera dentro todas las riquezas del mundo porque ellos... Es decir...
él, no las necesitaba...
Y esta es la historia de ese único hombre, casi un niño aún.
Un jovencito que entró en la Montaña, en la que muchos entraban,
pero de donde nadie logró salir...
El
Cuento por: Gracelia Docampo
Edición
nº 89 - 15/Abr./15May./2002


Y
No podría más que deciros que, cada día más,
Monty estaba extasiado con la grandiosidad del mar y con la variedad de
sus habitantes, pues hacía poco que había visto a los gigantes
del mar... Las ballenas, que en un principio le asustaron mucho con aquellas
enormes bocas. Pensó que su vida había llegado al final, pero
por fortuna suya las ballenas, como todo el mundo sabe, son vegetarianas
y sólo comen plancton y pequeños crustáceos. Así
que una vez pasado el susto pudo disfrutar con el espectáculo de
verlas. Aunque sí había tenido que correr por su vida, al
encontrarse una vez con un terrible tiburón.
A pesar de todo ello, y que en el mar se estaba en constante peligro, se
podía decir que Monty era un pez, razonablemente feliz.
Pero... un día.
-¡Corre Monty! -dijo muy alarmado el señor pulpo, retorciéndose
y arrastrándose por la arena como alma que lleva el diablo. Y más
que dispuesto a ganar una medalla Olímpica de lo deprisa que corría
-Correeee... por tu vida. ¡¡Correee!!.
Y en un visto y no visto el señor pulpo desapareció de su
vista haciéndose invisible bajo inmensas capas de arena, dejando
al pobre Monty con tres palmos de narices y sin saber por qué tenía
que correr. Pero, en aquellos momentos...
-¡Sálvate, sálvate Monty! -gritaron a coro el banco
de sardinas, que enloquecidas no sabían por donde girar -Sálvate
al menos túuuu....
Y, el banco de sardinas también salió a la desbandada y en
dirección contraria a la del señor pulpo. Y Monty, cada vez
más alarmado, no sabía hacía donde debía correr.
-¡Ya están aquíiii -gritaron las almejas y las navajas,
mientras todas iban haciendo profundos hoyos y se enterraban apresuradamente
en la arena y gritando desesperadas -Escóndete Monty, escoooondete.
Monty ya no sabía que estaba pasando y el pánico más
espantoso se apoderó de él, y temió lo peor. ¿Sería
un maremoto aquello tan horrible, que espantaba a toda clase de animales...?.
Sin pensar hacía a donde iba ni qué haría, nadó
todo lo veloz que pudo, hasta que por fin tuvo la suerte de encontrar una
roca con un gran agujero y por el se metió. Desde allí pudo
observar que era lo que tanto pánico había infundido a todos
los animales y pudo ver el cruel, bárbaro, brutal y salvaje monstruo
por el cual todo bicho viviente corría...
Aquella
mañana partió para la Montaña, rezando para encontrar
la entrada de tan fantástico lugar, por el bien de su padre, ya que
nadie más se hubiera atrevido a tal aventura. Después de mucho
caminar Etían apoyó cansado la cabeza en un viejo tronco para
echar un sueñecito y recuperar fuerzas. Se durmió pensando
en que le era necesario encontrar pronto la entrada a la Montaña.
No hacía mucho rato que dormía cuando alguien, en sus sueños,
le habló:
-Y, dime, joven muchacho..., ¿para que quiere alguien como tú
entrar en la Montaña del Guardían...
-Para encontrar una extraña flor que crece en su interior. La necesito
para que el chamán de mi pueblo cure a mi anciano padre -contestó
aun dormido, Etían, a la misteriosa voz.
-Bien, yo soy el Guardían de la Montaña -volvió a contestarle aquella voz entre sueños- Y te dejaré pasar al interior de la montaña, sólo para recoger esa insignificante flor que te hace falta. Pero, con una condición... Que no te llevarás nada más que no sea la flor que has nombrado. Si no lo haces así, te pasará como a los demás que entraron..., que nunca más salieron. Tienes hasta el anochecer para conseguirlo. Si no lo has logrado, te echaré de la Montaña, vivo o muerto. -¡Trato
hecho! -exclamó alborozado Etían, a la vez que despertaba
de su sueño. Aun sin reponerse del todo y sin saber cómo,
el tronco en el que estaba apoyado se lo tragó. Y Etián se
encontró cayendo y cayendo hacia la profundidad de la tierra. Al
fin, aterrizó en un enorme montón de marfileña arena,
que le pinchó en mil sitios a la vez. La cueva en la que había
caído tenía infinidad de piedrecitas brillantes. Cuando Etían
se acomodó a la tenue luz que entraba por el agujero por el que había
caído, se dio cuenta de que, aquello tan brillante que le había
pinchado, no eran piedrecitas, eran, miles, millones de diminutos brillantes
que relucían cegadores.
-¡Qué hermosa visión! -dijo asombrado, y añadió:
-Pero es mucho más hermosa la arena de la playa de la pequeña
bahía cercana a mi pueblo, que cuando le da el sol reluce como sí
toda ella fuera de diamantes y oro. Debo darme prisa y buscar mi flor antes
de que pase el día.
Y Etían caminó, muchas veces a ciegas, por los intrincados
recodos de la Montaña. Al fin llegó a otra cueva donde las
vetas de oro y plata corrían como venas por el interior de la cueva.
De nuevo, Etían, se quedó atónito ante tamaña
fortuna, pero exclamó en voz alta:
-¡Bah! Sólo es oro y plata. Con lo bonitas que son las puestas
de sol de mi aldea. Esas si que son unas cegadoras y deslumbrantes riquezas.
Y de nuevo nuestro protagonista volvió a salir de una cueva para
llegar a los pocos pasos a otra. Esta vez el panorama era realmente de cuento.
Miles de piedras, diamantes, turquesas, rubíes, esmeraldas, y las
que no se sabe su nombre, cubrían suelo y techo, cegando la visión
del muchacho. Etían enmudeció ante semejante y devastadora
belleza. Al final saliendo de su asombro y recordando las palabras del amigo
invisible dijo en voz alta:
-¡Que hermosura!, Pero... realmente las flores de primavera de la
ladera de mi aldea son realmente más hermosas floridas y coloridas
que estas simples piedras. He de darme prisa a ver si encuentro mi flor.
Y de nuevo nuestro amigo salió de la cueva y se puso a caminar. Un
ruido le hizo pararse unos momentos, para saber que lo producía.
Al final comprendió que aquello sólo podía ser agua
y muy contento se dirigió hacía allí. Donde había
agua, había posiblemente vegetación. Seguro que su flor crecía
por allí.
Efectivamente. Etían llegó a una nueva cueva tan grande que
parecía ella sola un pequeño país. La tenue luz que
envolvía el ambiente era de un verde lechoso que parecía salir
del propio agua. Una cascada de fresca y cristalina agua danzaba ahora aquí,
ahora allá, haciendo las delicias del amante del agua. Pero no fue
eso lo que paralizó a nuestro amigo quien, a pesar de estar viendo
infinidad de flores parecidas a las que le había enseñado
el chamán, se había quedado como una estatua de sal. Lo que
lo había dejado ya realmente estupefacto eran las hermosas sirenas
que parecían Diosas a sus ojos... ¿Cómo explicaros
semejante hermosura...? No existe en la tierra perfección semejante
a las sirenas de agua dulce. Ni tanta delicadeza de formas, ni piel más
satinada y sedosa que las de estas criaturas hechas de magia y primor. Ni
su dulzura al mirar tiene parangón en la tierra, por lo que nuestro
impúber muchacho no salía de su asombro y el tiempo empezó
a pasar veloz entre sus dedos. No sabía que hacer; si acercarse y
tocarlas... aunque sólo fuera una vez o, si salir corriendo ante
tamaña prueba. Al final se acordó de alguien que, quizás,
si se parecía a ellas y ese alguien era... ¡Rosita! la bella
panadera de su aldea, que sino era tan hermosa como las sirenas de agua
dulce, tenía en su cara y en sus ojos cuando le miraban un... algo
especial que hacía vibrar a su joven corazón.
Con la imagen de Rosita en su mente, Etían se inclinó y, raudo,
arrancó de cuajo la bella flor que había ido a buscar. Cuando
arrancó su flor, pasó algo fantástico. Se encontró
fuera de la montaña, y muy cerca de su pueblo. Lo que hizo que pudiera
entregar la flor al chamán y salvar así la vida de su anciano
padre que vivió muchos años.
Es
decir, Etían si que pudo salir... Leed con atención porque
así sucedió:
Etían era un joven muchacho que tenía un pequeño problemilla.
Su anciano padre se encontraba bastante enfermo y, el chamán de su
pueblo le había pedido un componente que se le había acabado.
Una rara flor que crecía ¡¡dentro de la Montaña!!
en aquella Montaña sorprendente que guardaba el terrible Guardián...
Muchas historias había oído Etían, sobre aquella extraña
Montaña y de su terrible Guardián. Historias de miedo que
los ancianos del lugar gustaban tanto de contar, para asustar a los niños.
Lo cierto es que, él, que ya presumía de ser mayor, estaba
bastante asustado.
Y
este cuento.... ¡Se acabó!
Dicen
que era... Cuentan que era una vez...
El
Guardian de la Montaña
Etían,
había superado la prueba. Tal vez fue, porque su joven corazón
todavía no estaba contaminado por la avaricia tan común en
los seres humanos. Tal vez porque su amor era, aun puro. Lo cierto es que
Etían volvió a su aldea y pudo contemplar, para siempre, las
más maravillosas puestas de sol que cada día le regalaba la
naturaleza. Cada año, el prado de la aldea, se cubría de miles,
millones de flores que embriagaban los sentidos y el corazón. Y cada
vez que se acordaba de la cueva y de las bellas sirenas de agua, sólo
tenía que coger la mano de su amada Rosita y pasear con ella por
la brillante arena de la bahía para sentirse el más rico y
feliz de los mortales.
Recordar amiguitos, nuestra tierra es el más preciado tesoro que
existe, si sabéis valorarlo. Y si no me creéis preguntarle
a Etían o al Guardían de la Montaña.