-¡Jerónimo...!
-tronó una voz que salía de la nada
-¡¡Jerónimo!! -volvió a tronar el ser de las nubes.
-No te desanimes, querido hijo, pues aunque esta vez la batalla se haya
perdido, no cejaré hasta que los indios de mi pueblo se alcen con
la victoria... Haré de ti un gran guerrero... Tendrás la velocidad
del Lince, la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón
de un León...
El que así hablaba era el Gran Manitú, el que entre los Pieles
Rojas es conocido como el Gran Dios de los Cielos... quien siguió hablando atronadoramente al asombrado jinete...
-Descansa, Gran Guerrero.-dijo el Gran Manitú- Cuando vuelvas a la
lucha yo te haré inmortal. Los blancos que quieren destruir a nuestro
pueblo nunca lo conseguirán y, cuando la gente hable de ti... ¡Ah!.
Cuándo la gente hable de ti... todos temblaran al oír hablar
de ¡¡¡Jerónimo!!!
El
Cuento por: Gracelia Docampo
Edición
nº 92 - 15/Jul./15/Sep./2002


-Bueno... y hablando de leer, a ver si ahora puedo leer tranquilamente mi periódico.
Y Don Cosme, siguiendo su costumbre de leer un ratito su periódico antes de acostarse, cogió su enorme periódico, lo dobló por el medio, se arrellanó en su sillón orejero, que estaba delante de un buen fuego, y se puso a leer.
Mientras... en la habitación de Robertito...
Blu,
el pequeño gatito de Robertito, salió de su cesta de dormir
para, de un salto, acomodarse tan ricamente al lado de su pequeño
amito. Y es que, la experiencia le había enseñado que si quería
dormir con Robertito, tenía que esperar a que la mamá, el
papá o el abuelo del niño saliera de la habitación.
Y, eso es lo que hacía el muy malandrín, esperarse a que los
mayores salieran de la habitación para ocupar rápidamente
su lugar al lado del pequeño. Pero, quien realmente estaba encantado
con encontrarse al gatito durmiendo con él, era Robertito... quien
adoraba a su pequeño minino.
Blu, se acurrucó entre las piernecitas del niño y confortado
con el calor de su amiguito se durmió.
-¡¡Jerónimo!! -grito bravamente el gran guerrero, pintada
la cara con las rayas rojas de la batalla, mientras los tambores de guerra
le coreaban para darle valor y coraje.
-¡Oh!, Gran Manitú, a ti encomiendo mi espíritu. Hoy
saldré en busca de mis enemigos y llenaré mi cinturón
con sus cabelleras. A partir de hoy ¡Jerónimo! será
la pesadilla de los blancos... el terror de las mujeres y el pavor de sus
niños. Todo el que me vea sabrá que ha llegado su fin...
Y el Gran Guerrero montó a su brioso corcel y salió despedido
hacia las praderas, en busca de su gran adversario... ¡el hombre blanco!,
quien estaba diezmando a su pueblo.
Pero, en primer lugar tenía que hacer un reconocimiento del territorio
enemigo. Estudiar sus costumbres, conocer sus debilidades y... ¡atacarlo
en su propio terreno!, con la velocidad del Lince, la rapidez del Guepardo,
la fiereza de un Tigre y el corazón de un León...
El primer poblado del hombre blanco no estaba muy lejos de allí y
Jerónimo se acercó sigiloso y... con la velocidad del Lince,
la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón de un
León... desde un risco atisbó con curiosidad el poblado del
hombre blanco.
Lo único que descubrió fue que...
Jerónimo, se sorprendió pensando que aquellas personas parecían
tan normales como ellos y, aquel pueblo, parecía un pueblo como el
suyo. Sólo se diferenciaban en el color de la piel... y en las extrañas
pieles con las que se vestían.
-¡Que lástima! -exclamó en voz alta- que ellos no quieran
ser amigos nuestros y no quieran compartir la tierra con nosotros... ¿Por
qué serán tan egoístas...?
De todas formas, Jerónimo tomo nota mental de donde estaban los pequeños
edificios de madera. Los caballos que tenían, las armas que se podían
ver y así atacar a su terrible enemigo con las menores bajas posibles
para su pueblo...
Una vez satisfecha su curiosidad y ya anochecido y... con la velocidad del
Lince, la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón
de un León... se marchó del lugar. Pero, como dichos dones
no le servían para ver en la oscuridad, decidió dormir en
una cueva que se cruzó en su camino.
Jerónimo, ató a su brioso caballo en unos matorrales, cerca
de la cueva y le trajo hierva fresca para comer, y se metió en la
pequeña cueva que había encontrado, dispuesto a enfrentarse
a cualquier peligrosa alimaña que la poblara, con la velocidad del
Lince, la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón
de un León.....
Pero... La cueva parecía vacía, así que, después
de montar un alegre fuego, que le confortó en la oscuridad de la
noche, sacó de su macuto un trozo de cecina que le había dado
su abuela y se dispuso a cenar.
Una vez satisfecha su hambre, a pesar de su frugal cena, Jerónimo
de dispuso a dormir. No hacía mucho que estaba durmiendo cuando un
extraño ruido le sobresaltó y le hizo temblar de miedo, pero...
con la velocidad del Lince, la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre
y el corazón de un León... decidió investigar que era
lo que había interrumpido su plácido sueño.
-Si es un hombre blanco -murmuró mientras sacaba su enorme cuchillo
de debajo de su taparrabo y, tirado en el suelo, gateando como un sigiloso
indio, detrás de su rastro continuó: -probará el filo
de mi cuchillo de Gran Guerrero Piel Roja y su cabellera lucirá mañana
en mi cinturón de piel de serpiente cazada en luna llena...
-¡Ah!, -continuó Jerónimo pensando en silencio y apartando
las ramas- Y, si es un feroz lobo... mi abuela tendrá un nuevo y
hermoso cubre hombros... Si es un oso... ¡lo abriré en canal!
Y mi abuelo llevará orgulloso su cabeza y su piel cubriendo su venerable
esqueleto... Si es una serpiente haré un coletero para mí
hermana «Luna Blanca», y si es un zorro... yo mismo me haré unos bonitos mocasines nuevos...
Y aquí, Don Cosme, el abuelo
de Robertito, que era quien estaba leyendo en voz alta el cuento de "El
Pequeño Piel Roja" a su nietecito, hizo una pausa al ver que
el niño se había quedado, sin darse ni cuenta, plácidamente
dormido oyendo la monótona voz de su abuelo.
-¡Por fin! -exclamó Don Cosme, cerrando el libro de «El
Pequeño Piel Roja»-. ¡Ya cayó!. Creí
que tendría que volver a leerle este cuento por undécima
vez... él, ya se lo debe saber de memoria y, ¡rayos!, creo
que yo también. Realmente debe gustarle ya que siempre insiste
en que se lo lea...
Y, saliendo de puntillas de la habitación de su nieto cerró
con suavidad la puerta. Una vez fuera de la habitación exclamó:
Y
este cuento.... ¡Se acabó!
Dicen
que era... Cuentan que era una vez...
Y
de un tremendo golpe... cuando se cayó al suelo... Robertito se despertó.
Había tenido una terrible pesadilla. Por fortuna Blu, se acercó
a su amito ronroneando y lamiéndole la cara para consolarle. Y...
con la velocidad del Lince, la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre
y el corazón de un León... Robertito se subió a su
cama y abrazado a su compañerito se durmió.
Amiguitos, que paséis una buenas y bonitas vacaciones y procurad
ser buenos... respetad a la naturaleza y ella os querrá siempre.




Hoy
os voy a contar un cuento que sucedió así:
El bravo jinete, rendido y desanimado, montado a lomos de su brioso caballo
subía por la montaña. La contienda había sido muy dura,
tanto, que muchos valientes guerreros habían caído en el campo
de batalla.
El guerrero, con la cabeza cabizbaja, herido y sangrando por un montón
de heridas, más que subir por la montaña era arrastrado por
su brioso caballo quien, también estaba jadeante, pero, sabiendo
que sus vidas peligraban, subía bravamente por la escarpada montaña...
Cuando... de súbito, una extraña visión se materializó entre las nubes...
Y Jerónimo olfateó el aire, siguiendo el rastro de su asustada presa. Un nuevo y discreto ruidito le indicó que su presa se encontraba a sólo unos pasos de él y, con la velocidad del Lince, la rapidez del Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón de un León... se alzó presto al ataque cara a cara con el peligro.
En el aire destelló, malévolo, el cuchillo de Jerónimo, que bañado en la luz de la luna parecía mucho más grande de lo que era.
Por fin el valiente guerrero con... la velocidad del Lince, la rapidez del
Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón de un León...
se dispuso a dar el golpe final al pobre infeliz.
La hoja del cuchillo blandió el aire y la sonrisa de Jerónimo
se tornó en diabólica y satisfecha... Por fin iba a ver a
su presa...
Pero... Unos ojillos rojos y mucho más malévolos que los de
Jerónimo miraron con pavor el enorme cuchillo y el animal quedó paralizado de terror...
El gran guerrero contempló a su victima... ¡Si! unas décimas
de segundo antes su cerebro le avisó pero, como él era el
Gran Jerónimo, no quería reconocerlo... allí estaba.
Su gran y peligroso enemigo, era... Una enorme grande y negra ¡RATA!
Quién, al ver que Jerónimo también se paralizaba de
espanto, empezó a lanzarse encima de él...
Y Jerónimo, a pesar de... su velocidad del Lince, la rapidez del
Guepardo, la fiereza de un Tigre y el corazón de un León...
gritó:
-¡¡NOOOO!! -