El árbol estaba sereno, florido y majestuoso. Allí, en medio del jardín inundaba con su color y verdor, y con los cientos, miles de flores, que caían en grandes y generosos racimos, el trozo que le correspondía del jardín que cuidaba Don Cipriano, el anciano jardinero del palacio del Rey Arturo.
El día, radiante, acompañaba contento a la labor de miles de insectos que se afanaban, diligentes, a recoger el precioso polen que las flores derramaban tan pródigamente.
En aquel precioso jardín, con sus redondos estanques en los que, además de los frondosos nenúfares, nadaban cientos de bellos peces exóticos, también volaban infinidad de pájaros, a cuál más extraño y hermoso.
Bandadas enteras de palomas blancas, tan inmaculadamente níveas, que casi parecían de plata, volaban de aquí para allá, dándole al aire un no sé qué de irreal y etérea belleza. Increíbles faisanes, traídos de tierras lejanas, decoraban, cual corona de zafiros y rubíes, el esplendoroso verde de la vegetación, por la que ellos paseaban pomposamente majestuosos.
Aquel hermoso jardín estaba lleno de parterres de rosas, de filigranas de glicinias, setos con formas de mariposas o patos volando. También había animales de formas tan esplendorosamente míticas como la del caballo Pegaso, con sus preciosas alas desplegadas. Incluso estaba allí el ave Fénix en la principesca posición de levantar el vuelo.
Todo ello, era el marco perfecto para el paseo de los caballos o los grandes y hermosos perros del Rey Arturo y la Reina Ginebra.
Como comprenderéis, aquel inimaginable jardín, que era tan famoso en todo el reino, como allende los mares, levantaba, además de admiración por su mimada y cuidada estructura, mucha, mucha envidia.
¿Por qué, os preguntaréis, podía levantar un jardín, por muy precioso que fuera tanta envidia.?
Pues... yo os lo diré. Porque la belleza, y más si está rodeada de bondad y amor, sea de la clase que sea, siempre levanta la envidia de quienes tienen un corazón ruin y malvado.
Así pues, sucedió que, un día...
Don Cipriano, siguiendo su arraigada costumbre se levantó al alba. Aquel día quería comprobar los bulbos de los tulipanes y empezar a plantarlos, ya que pronto sería el tiempo. Además, a la reina Ginebra, le encantaban aquellas sencillas flores y él estaba encantado de complacerla.
Así que, después de su bien surtido desayuno, Don Cipriano salió de su casita de jardinero, que estaba estratégicamente camuflada con abundante hiedra, para que no se viera y así no molestase a la estética del jardín y del palacio real, para encaminarse hacia los parterres.
El Cuento por: Gracelia Docampo
Edición nº 94 - 15/Oct./15/Nov./2002
De pronto...

Algo llamó poderosamente su atención. Al principio no supo que era lo que le estaba pasando y, cuando se dio cuenta de la terrible verdad, no supo como reaccionar y se frotó con fuerza los ojos.
Debía de estar todavía dormido ya que aquello que sucedía a su alrededor no podía estar pasando... Debía ser un defecto de su vista, vieja y cansada, que le estaba gastando una broma pesada porque era imposible lo que estaba viendo... ¿O, tal vez era un sueño?, o mejor dicho; ¡aquello era una pesadilla...!. Don Cipriano deseó fervientemente que fuera verdad, que todavía estuviera en su cama soñando y que de pronto se despertaría bañado en sudor y dando gracias porque aquello tan terrible no fuera verdad.
Cerró fuertemente los ojos, en un vano intento de despertarse del sueño. Pero como aquello no sucedió. Abrió de nuevo, muy poco a poco, los ojos..
Dicen que era... Cuentan que era una vez...
El color de la esperanza
No te pierdas el capitulo II que viene la solución...
El árbol estaba sereno, florido y majestuoso. Allí, en medio del jardín inundaba con su color y verdor, y con los cientos, miles de flores, que caían en grandes y generosos racimos, el trozo que le correspondía del jardín que cuidaba Don Cipriano, el anciano jardinero del palacio del Rey Arturo.
El grito de una de las doncellas del Palacio le confirmó la terrible verdad. Debía informar él mismo, y en persona, al Rey Arturo la terrible desgracia... Aquel era su deber y por mucho que le doliera tenía que hacerlo.Y, sin poderse contener, Don Cipriano se encaminó corriendo entre parterres de rosas, pájaros y arbustos todo lo deprisa que le dejaron sus viejas piernas.
Llegó a la puerta de servicio, resoplando como un viejo jamelgo pero, aún así, no paró de andar deprisa hasta llegar a las habitaciones del chambelán del palacio, a quién le pidió urgentemente audiencia con usía. Debía informar en persona al Rey.
Cuando por fin el Rey Arturo, vestido con sólo un regio pijama y una bata le atendió, el pobre hombre casi sollozaba.
-Bien, mi querido Cipriano, ¿qué es ello tan importante para robarme las últimas horas de sueño...? -preguntó Arturo, más intrigado que enfadado, ya que sabía que el viejo jardinero jamás habría osado a despertarle si no fuera algo extraordinario lo que estuviera pasando
-Mi señor -balbuceó Don Cipriano, al borde de las lagrimas- No sé... como deciros... que... ¡Es terrible...! ¡Terrible!,
-Esta bien -contestó Arturo impaciente-. Serénate y cuenta...
-¡OH! Señor... esta noche, alguien, o algo... ¡¡nos ha robado el color verde de las plantas!! Mi señor, es terrible, todo está gris y sin color. Nuestro hermoso jardín se ha quedado sin alma...
¿Quién y cómo ha podido hacer semejante mala acción...?
CAPITULO I
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