Entre
estiras y aflojas, los tres pequeños malandrines jugaban con una
gran y reseco arbolito de plástico que era el que decoraba el salón
todas la Navidades.
Doña Teodora, la abuela de los niños, que en aquellos momentos
había entrado en la habitación, viendo peligrar lo que quedaba
del pobre árbol de plástico se puso en el medio de la habitación,
y con las manos en jarras encima de las caderas pegó un fuerte silbido
para que los niños le prestaran atención. Como siempre, la
estratagema de la anciana dio resultado y vio complacida como los tres hermanos,
aun con las ramas del maltratado árbol en las manos, la miraban extrañados:
-¡Ya está bien!, pequeños tunantes. ¡Dejad inmediatamente
de atormentar al pobre arbolito!, que le vais ha hacer daño.
-¡Jolín! abue. ¡Que el arbolito está muerto! -protestó Robertito raudo a contestar.
-¡Y más reseco que Pinocho! -contestó la graciosilla
de Pilar
-¡De eso nada! -contestó enérgica Doña Teodora-
Es posible que esté seco, es posible que lo haya hecho la mano del
hombre y es posible que vosotros terminéis por desmontarlo del todo...,
pero no está muerto.
-Pero, abue -siguió Pili contestando a su enfurecida abuela- No te
enfades, Robertito tiene razón. El arbolito está más
que seco, está muerto.
-¡"Y zezeco"! -añadió la pequeña Andrea
con su media lengua de trapo
-Es cierto lo que decís... -y levantando un brazo en lo alto y moviendo
un dedo con aire amenazador continuó:
-Pero también es cierto que el alma del arbolito de Navidad empieza
a latir en cuanto tiene puesta las luces que lo adornan, porque tiene el
soplo divino del Niño Jesús, que le da vida y...
Y, Doña Teodora, miró a sus nietos, que arrebolados le prestaban
toda la atención de que eran capaces, cosa con la que ella contaba
y sentándose en el sillón del salón, empezó a relatar con su suave voz:
-Y... y, entonces el arbolito, aunque sea de cartón piedra, como
es el nuestro... cobra vida y se llena de color....
-¡Pero abue...! -interrumpió Pilar-. ¿Es que nos vas
a contar un cuento de esos tan bonitos que siempre nos cuentas...? ¿De
esos de los que no tienes que coger un libro y leer...?
El
Cuento por: Gracelia Docampo
Edición
nº 96 - 15/Dic./15/Ene./2003
-¡Pero
bueno, Pilar!, cada día me asombras más. Qué lista
eres... Sí, hoy os voy a contar una vieja leyenda que, casi, casi
parece un cuento, aunque dicen, los que creen, que fue cierto... Pero, si
Robertito me hace un favor y me trae el libro rojo y grande que está
en la estantería, también os iré enseñando las
postales Navideñas de su interior. De paso refrescaré mi memoria
mientras os cuento esta leyenda.
El niño fue y volvió en un soplo mientras la abuela se arrellanaba
mejor en el sillón y se arropaba con una pequeña manta para
no coger frío. Una vez lista, con un público expectante que
esperaba su relato comenzó:
-Veréis... Todo empezó hace muchos miles de años. Antiguamente
los hombres respetaban tanto a los animales y a la naturaleza que decían
que los árboles eran sagrados porque tenían vida, como nosotros.
Que caminaban y hablaban, cosa que por lo visto en aquellos tiempos era
verdad ya que...
Dicen
que era... Cuentan que era una vez...
Pero...
el Niño Jesús sí lo había visto y, cuando se
dio cuenta de que el pinito era casi un bebe como Él, la más
hermosa de las sonrisas celestiales se derramó encima del pequeño
arbolito... y algo mágico sucedió. El Pinito vio recompensado
su sacrificio, su osadía y su amor. Sus hojas secas se recuperaron
con asombrosa rapidez y se convirtieron en brillantes hojas verdes y cientos,
casi miles de diminutos luceros lo cubrieron con su brillante luz, rubios
querubines celestiales depositaron sobre sus pequeñas hojas estrellitas
de colores, y... y el precioso Niño Jesús, palmeó complacido
con su obra.
Y, desde entonces el pino abeto es una de las más hermosas representaciones
del Espíritu de la Navidad, porque significa la sonrisa de un niño
Robertito,
Pilar y la pequeña Andrea, estaban jugando. Jugando con los adornos
Navideños que Doña Teodora, la abuela de los niños,
había sacado del armario de los trastos para decorar la casa.
-¡Este año, el árbol es mío! -gritaba Robertito
con un trozo de rama en la mano.
-¡Que va a ser tuyo! Este año me toca a mí. -contestaba
Pilar con otra rama en la mano.
-¡No! «Ete yayo ez mío» -decía la pequeña
Andrea con dos ramitas más en sus pequeñas manos.
Y... Como diría Doña Teodora... ¡Colorín, Colorado,
esta leyenda se ha acabado!
Un besito muy fuerte a todos vosotros y que tengáis unas buenas y
bonitas Fiestas Navideñas. ¡Ah! Y respetad un poquito más
a vuestro árbol de Navidad.
Entre
ellos hubo un pequeño pino abeto, al que también le llegó
la noticia de que tenía que nacer un niño con dones muy especiales.
El pequeño pinito estaba muy contento, ya que todos los árboles
sagrados de aquella zona habían recibido el comunicado que tenían
que escoger entre ellos a los árboles más venerados y antiguos
para ir a ver aquel nuevo prodigio. Puesto que, aquello ocurriría
en otro continente, tendrían que ser lo más fuertes posible
para resistir tan duro viaje. Así que, el pinito, supuso que él
posiblemente no lo vería o no podría ir.
Pero sucedió que...
Aquellos tiempos eran muy malos tiempos para los árboles, ya que
los humanos habían empezado a talarlos para hacer utensilios con
su madera.
Así que, la madre del pequeño pinito, muy preocupada por él,
un día antes de que partieran los venerables árboles le dijo
al pequeño:
-Hijo, temo por tu vida. El hombre ha dejado de respetarnos lo que debiera
y ha empezado a exterminarnos. Siento que ha llegado mi hora. Pero lamento
mucho el que tú no puedas crecer y transformarte en un hermoso pino
que riegue con sus semillas otros valles y que, de ellas, surjan nuevos
y fuertes pinos. Así que, he decidido que, antes de que caigas abatido
por el hacha del leñador, intentes ponerte a salvo en otras tierras.
Tal vez este nuevo Mesías del que tanto nos han hablado consiga para
ti un nuevo y mejor mundo.
-Pero madre, yo no quiero dejarte aquí. Si yo he de marcharme, acompáñanos
tú también en el viaje.
-Dudo de que ambos sobreviviéramos a tan duro viaje. Si yo voy contigo,
los demás árboles se desentenderán de nosotros. Sin
embargo, si tú vas sólo, ellos te ayudaran ya que se sentirán
responsables de tu seguridad. Además, yo ya me siento vieja. Sé que ha llegado mi hora final. No te sientas triste, porque yo no lo estoy.
Así fue y así sucedió... el pequeño pino abeto
se mezcló con los árboles sagrados; los frondosos robles.
Ellos tenían como arriesgada empresa cruzar el mar; porque la buena
nueva era que había nacido un niño humano, que redimiría
de sus miserias a árboles, animales y sobre todo a los hombres y,
como buenos árboles sagrados, tenían el deber de ir a adorarlo.
El roble, el ciprés, la haya, la olivera y el pinito, en representación
de todos los demás árboles de la tierra, salieron muy temprano
aquel día y se pusieron en viaje. La tierra retumbó a cada
paso de los gigantescos árboles que, muy decididos, habían
sacado sus largas raíces del suelo y las habían convertido
en enormes pies.
Al principio, el pequeño pinito iba a la par de sus enormes compañeros,
pero los demás comprobaron enseguida que, tal vez, el pequeño
no lo conseguiría.
A pesar de todo... los árboles caminaron y caminaron. Todo el tiempo
y sin parar, puesto que eran muy lentos y no podían correr. Pasaron
por valles y montañas. Cruzaron ríos y lagos y por fin cruzaron
el gran mar. Para ello, se cogieron entre sí y flotando llegaron
al nuevo continente. Allí, donde aquel prodigioso niño tenía
que nacer.
El pequeño pinito se fue quedando atrás y al cabo de un tiempo,
a pesar de los esfuerzos de los mayores... se quedó descansando encima
de una colina con frondosos árboles que le acogieron y le dieron
su calor.
Mientras, el grueso del grupo de árboles, llegaron una fría
noche a un pobre pesebre. Donde, en medio de una vaca y un burro, para darles,
calor estaba un joven matrimonio con un precioso y rubito niño que
miró asombrado a los grandes árboles. Estos se arrodillaron
delante de la Sagrada Familia en señal de respeto y adoración.
Poco tiempo después se oyeron unos lentos pasos en la distancia...
Era... ¡el pequeño pinito! que, a pesar de los ruegos de sus
hermanos para que se quedara y se recuperara, había salido tras el
grupo de ancianos árboles así que recuperó algo sus
fuerzas. Se lo había prometido a su madre y costase lo que costase
él llegaría ante el salvador de la humanidad.
Pero, el pobre pequeño estaba muy débil y tenía sus
hojas muy mal. Cansado, desfallecido, casi dando su último aliento
y, sin que el recién nacido pudiera verlo, cayó de rodillas
medio muerto.
Por lo visto su deseo no se vería cumplido pero... A veces los deseos,
los simples deseos... los buenos y puros deseos, se convierten en realidad,
sobre todo en tiempo de Magia como es el tiempo de la Navidad...