-Ejem...
yo creo que tenemos que hablar del acuciante problema que tenemos entre
manos y es... ¿qué va a ser ahora de nosotros...?
El que así hablaba era el viejo Osito de Peluche, que pesaroso iba
moviendo la cabeza lentamente de un lado a otro, mirándolos uno a
uno.
-Bueno, yo creo que está muy claro -contestó el Caballito
de Madera-, ya somos viejos, la prueba está en que una nueva generación
de juguetes más modernos que nosotros está entrando en esta
casa y se están haciendo dueños de nuestros pequeños
amitos.
El
Cuento por: Gracelia Docampo
Edición
nº15 Ene./15 Feb./2003
-Sí que es verdad -contestó la Hucha con forma de ratita-.
¡A mí no me echan más monedas!; los muchachos decididamente
ya no juegan con nosotros... el Soldadito tiene razón -y bajando
la voz en un murmullo casi inaudible susurró diciendo: -El otro día
oí que decían que iban a traer un «no-sé-quéordenador»
nuevo, que pondría muy contento a Marcelito. Según su papá
ya está en edad de estudiar «infor-no-sé-qué-mática»
y que hay que ser prácticos y realistas, los niños ya son
mayores y a nosotros... Bueno, a nosotros quizás nos tiren a la basura...
-y poniendo los brazos en jarras terminó con desánimo: -Con
lo que yo hubiera querido estar rellena de monedas hasta rebosar...
-Bien, ya somos realistas, ya sabemos que somos viejos y que estamos pasados
de moda, pero ¿realmente nos van a tirar a la basura..., ¿sí
o no? -ronroneó el Coche de Carreras.
Dicen
que era... Cuentan que era una vez...
Estaban
todos allí en la oscura habitación, sólo iluminada
por la luz de la Luna que entraba a raudales por la ventana dándoles
un aspecto casi fantasmal. A pesar de ser la hora en la que los juguetes
pueden hablar entre sí, no sabían que pensar ni que decirse.
Al final uno de los más viejos del lugar se atrevió a decir:


-¿Quieres decir que ya no nos quieren? -preguntó horrorizada
la Muñeca de Trapo-. ¡Fíjate en mí! Yo no soy
tan vieja; aún brillan mis enaguas, las puntillas de mi falda y mi
gorro todavía están blancos, mis pestañas están
enteras y son largas y sedosas, mis ojos son intensamente azules, mis miriñaques
son tan bonitos... -y, para demostrarlo dio unas cuantas vueltas sobre sí
misma con mucho cuidado para lucir su espléndida figura, al tiempo
que se atusaba el pelo en un gesto muy femenino.
-No es posible semejante maldad... -se quejaba el Coche de Bomberos, haciendo
tañer sus campanitas estrepitosamente-. Después de tantos
recorridos haciendo sonar mis sirenas y arriesgar mi vida apagando tantos
fuegos... ¡No! Rotundamente no, mi amito es incapaz de considerarme
un «cacharro» viejo. La muñeca tiene razón, yo
tampoco estoy caduco... aún puedo dar muchas carreras y hacer mucho
escándalo con mis bomberos.
-Os estáis engañando -contestó el Soldado Legionario-.
Bien es verdad que no estáis rotos, pero sois antiguos, vetustos
y añejos. Estáis usados, manoseados y algunos de nosotros
estamos estropeados... Por ejemplo; el Osito tiene descosida una oreja,
la campana del Coche de Bomberos está rajada, al Caballito de Madera
le falta un asa, la Muñeca está nueva porque con ella apenas
han jugado, y que decir de mi rifle que nunca funcionó... ¡ni
de nuevo! Los rompecabezas están pasados de moda y les faltan piezas,
la pelota de fútbol está casi deshinchada y al piano le faltan
dos teclas.
-Eso, querido compañero, lo veremos mañana cuando la mamá
de los niños venga a vernos -contestó el Osito de Peluche.
Y, con esos oscuros pensamientos, los juguetes se durmieron envolviéndoles
de nuevo el silencio de la noche.
La mañana era clara y diáfana. Elvira entró en la habitación
de los «juegos» con una enorme caja de cartón, decidida
a limpiarla de juguetes, pues sus hijos querían la habitación
libre para poner a sus nuevos «amigos». Libros, tele y ordenador
ocuparían ahora el lugar donde estaban los juguetes.
Recogiéndolos uno a uno, Elvira recordaba la ilusión que causaron
a sus hijos el día que recibieron los juguetes, que ahora metía
en la caja. Y sintió tristeza y compasión por ellos. Había
juguetes casi nuevos y otros que no, pero podían arreglarse. Seguro
que cualquier niño se sentiría feliz de poder jugar con ellos.

Después
de darle vueltas y más vueltas encontró la solución:
los donaría al párroco de la Iglesia. Él encontraría
dueño para todos los juguetes de la casa. Los juguetes estarían
contentos de valer de nuevo para jugar. De nuevo servirían para lo
que un día fueron fabricados. De nuevo estarían donde tenían
que estar; ¡En las manos de un niño!
Y este cuento.... ¡Se acabó!