En el Valle Verde…
Allá en el fondo del frondoso bosque, donde todo es tranquilidad, justo donde empieza la antigua y vieja Fantasilandia vivía un joven labrador que tenía un extenso y muy cuidado huerto.
Pero…, Sebastián, un joven campesino, a pesar de tener las más hermosas coles, las más grandes calabazas y las más perfectas zanahorias de todo el Valle Verde, pues… no estaba contento.
¿Y por qué no estaba contento, os preguntaréis?... Bueno, pues no estaba contento porque en su huerto se libraba una dura, aunque incruenta batalla todos los días.
El Cuento por: Gracelia Docampo
Edición nº 98 - 15 Feb./15Mar./2003
Un buen día, sentado encima de una pequeña loma, miraba absorto a los animalillos que se estaban dando un festín con su trabajo. Mirándolos detenidamente, Sebastián se dio cuenta de que el viento cuando movía las altas espigas asustaban a los pájaros, y cuando él se levantaba su sombra asustaba a los conejos, porque sabían que detrás de la sombra venía la persona a darles un buen susto.
Así que pensando, pensando…
Dicen que era... Cuentan que era una vez...
El Espantapájaros
Pero ocurrió que…
Todas las acciones en la vida tienen una consecuencia secundaria que nosotros no sabemos preveer y a Sebastián le pasó lo siguiente:
Una: Su novia Beatriz, se negó en redondo a acudir ayudarle en su faena, porque le asustaba el silencio sepulcral y antinatural que el Espantapájaros había conseguido.
Dos: Sus verduras no salían, ni de lejos, tan dulces ni tan buenas, al no estar polinizadas por los insectos y otros bichos; los vegetales estaban tristes y pochos y se cotizaban poco en el mercado.
Y tres, y lo más importante; Sebastián se sentía terriblemente solo. Nunca creyó imaginar que realmente su vida podría quedar tan vacía y tan sin sentido al no tener como compañeros a los animalillos contra los que combatía.
Todos los días debía pelearse con los pájaros que se le comían el trigo y le picoteaban las frutas. En el huerto, conejos, hurones, topos, caracoles, y un sin fin de bichitos le mordisqueban las hermosas hojas de las hortalizas que él con tanto esmero cuidaba… En fin, que Sebastián estaba hasta el gorro, mejor dicho, hasta el sombrero; un precioso sombrero de paja que el mismo se había hecho y que era, increíblemente, uno de los sitios en donde los pájaros, los muy truhanes, para mofa y befa del campesino, se sentaban a dar picotazos.
Así que, el muchacho, estaba hasta el gorro y más que harto de tanto bicho con los que luchar. Como decidiera que ya era hora de sentar la cabeza, como bien decían sus padres, pues necesitaba que su huerto y sus frutales dieran más rendimiento y así mantuvieran a más personas, ya que Sebastián quería formar un hogar. Así que decidió que necesitaba a alguien que le ayudara a espantar a los animales que venían a comerse sus preciosas verduras.
Decidió hacer un feo muñeco de paja, alto y grande y que se pareciera a él y que, atado en un alto palo, proyectara una larga, oscura y siniestra sombra que asustara a todos los animales. Así que Sebastián puso manos a la obra y en menos de lo que se tarda en contarlo ya había acabado con su muñeco.
Al día siguiente…
Sebastián colocó a su nuevo ayudante en medio del prado y esperó la reacción de los animales. Al principio nadie pareció darse cuenta de que había algo nuevo en el prado, por lo que Sebastián muy decepcionado se marchó a casa.
Un nuevo día amaneció y Sebastián acudió como siempre a su huerto. Así que apareció, los animalillos salieron en desbandada y él, perplejo, se los quedó mirando.
-No puede ser que ellos, nada más ver mi sombra desaparezcan y no le tengan miedo al muñeco que he puesto en el medio del trigal.
Mientras le daba vueltas en la cabeza, se le ocurrió otra idea. Esta vez le puso al muñeco su sombrero de paja, bien sujeto para que el aire no lo tirara. Y con otro palo, que atravesó horizontalmente por las mangas del muñeco, hizo que éste pareciera que agitaba las manos en el aire y su sombra, debido al sombrero, se parecía a la de él.
Sebastián contempló su obra. Daba miedo. Tan real parecía el muñeco, que parecía él mismo, pero sin vida. No había pájaro que se acercara a tan siniestra criatura.
A Sebastián se le llenó el alma de júbilo y nunca más puso un espantapájaros en sus tierras. Había comprendido lo que para él era lo más importante:
Por mucho que los maltrates, los que te quieren, siempre acudirán a ti, sólo tienes que arrepentirte sinceramente, pedir perdón y… ¡Abrir los brazos!
Seguro que ellos, como pájaros,… acudirán a ti.
Por fin surtió el efecto que el deseaba, y Sebastián le puso de nombre a su muñeco; Espantapájaros, porque los animalillos despavoridos ya no se comían el trigo. La sombra que daba el siniestro Espantapájaros era larga y fría, por lo que conejos y otros animalillos, asustados, tampoco se acercaban al huerto.
Así que sus hermosas lechugas, coles, frutas y trigo empezaron a salir perfectas y en abundancia. Había conseguido su objetivo.
Pero en el pueblo nadie quería semejante trabajo. Estar todo el día inclinado dándole a la azada sacando malas hiervas y espantando animales, como hacía Sebastián, era un trabajo muy duro y aburrido. Por eso el pobre Sebastián no encontraba a nadie que quisiera trabajar con él, claro que, tal vez, si hubiera podido pagar un buen jornal quizás sus problemas se habrían acabado. Pero Sebastián era pobre y precisamente por eso quería ganar más dinero; para poderse casar, por lo que no podía hacer tal dispendio.
Sebastian se volvió una persona huraña y mal encarada, lo que casi le hace perder el amor de Beatriz. Así que un buen día, cogió al Espantapájaros, hizo una pira de leña y lo quemó. Salió en medio del huerto con trigo en las manos y llamó desesperadamente a sus amigos los pajarillos del campo.
Al principio nada pasó, pues los animales pensaban que todavía seguía allí el Espantapájaros y Sebastián se quedó mucho tiempo sólo, llorando en medio del campo con los brazos abiertos, ofreciendo su comida.
Pero… como los animales tienen buen corazón no tardaron en perdonar a Sebastián y ya, por la tarde, los más osados se acercaban a las palmas de sus manos a probar el trigo.
Y este cuento.... ¡Se acabó!
©2003 Revista Publi2000.com Todos los derechos reservados