Por: Teresa Ciurana
Edición nº 85 - 15/Dic./15Ene./2002
¿Cambios?
Jaime era un chico muy desarrollado, «No todo lo grande es bueno, pero todo lo bueno es grande»; algo lento para entender las cosas y torpe en sus movimientos. A pesar de ello, sus compañeros le apreciaban pues siempre estaba dispuesto a ayudar, «Al hombre sencillo cualquiera se lo mete en el bolsillo»; además era protector con los más pequeños. «Por ser humano con el que poco puede, antes se gana que se pierde».
En el colegio, en diciembre, se acostumbraba a representar la Natividad todos los años y se procuraba, cada curso, hacer diferentes escenas relativas a ella, para así dar ocasión a que todos los alumnos, un año u otro salieran a escena. «La bondad quién la tiene la da».
Aquel año, Jaime quería ser uno de los pastores que, sentados alrededor de la fogata, recibían la Anunciación; pero la profesora le dio un papel más importante. «Favorecer a quién no lo ha de estimar es echar agua al mar». El posadero tenia que hablar muy poco, y la estatura del chico daría más énfasis a la negativa de albergue a José y María. «Las penas son peores de pensar que de pasar».
Llegado el día de la función, los familiares y amigos de los actores llenaban la sala de actos, ávidos de contemplar a sus pequeños, «El buen paño, en el arca se vende y lo compra quien lo entiende». Los actores, fatigados después de tantos ensayos, «No todo es aire lo que echa la trompeta» y ya nerviosos esperaban que por fin se alzara el telón. «Fortuna y ocasión favorecen al osado de corazón»
Transcurría felizmente la función y llegó por fin la escena en que José llevando asida a María se aproxima lentamente a la puerta de la posada, llama con energía y abre el posadero, vestido en consonancia a la época «Tengo sombrero y penacho quiero».
-¿Qué queréis? -dijo este abriendo la puerta.
-Buscamos alojamiento.
- Pues búscalo en otra parte -contestó el posadero con voz potente tal como le habían dicho- la posada está llena. «Quien al pobre cierra la puerta, la del cielo no hallará abierta».
- Señor, en todas partes hemos pedido posada y nos la han negado. Llevamos rato buscando habitación y estamos cansados.
- No hay sitio en la posada -contestó el posadero muy serio. «A lo que no puede ser, la espalda has de volver».
- Tenga compasión de nosotros, mi esposa María está a punto de dar a luz y necesita descansar, por mi es igual, pero un colchón en un rincón para ella, con eso bastaría. Está agotada. «No hay peor ciego que el que no quiere ver».
El posadero miró fijamente a María, su cara estaba triste y apenada. Hubo un largo silencio; del público se elevó un murmullo... «El callar y el hablar no puede ser a la par».
- No, ¡¡marchaos!! -apunto alguien desde las cortinas.
- ¡¡No!! -repitió el posadero automáticamente- ¡Marchaos!
José pasó tristemente el brazo por los hombros de María y ésta apoyó la cabeza sobre su hombro. Se alejaban despacio de la posada. El posadero seguía con la puerta abierta, sus ojos estaban turbios de lágrimas y exclamó:
- ¡No te vayas José! ¡Trae a María! -Y con una amplia sonrisa que iluminó su cara siguió diciendo:
-Podéis quedaros en mi habitación! «El bien, a cualquier hora viene bien».
Algunos espectadores, pensando que había arruinado la función, no sabían como reaccionar, pero como «Entre cien hombres o más, cinco personas encontrarás». Alguien empezó a aplaudir y otros siguieron su ejemplo. «En ayudando Dios, lo más malo se vuelve mejor».
Terminado el espectáculo, todos estaban de acuerdo en que había sido la mejor representación navideña que habían visto.
«Ama y serás amado; teme a Dios y serás honrado; trabaja y no pedirás necesitado».

Jaime tenía nueve años y estaba en segundo de EGB aunque debería cursar, por su edad, cuarto curso. «Las apariencias son engañosas, con cara de una cosa, son otra cosa»
El Refranero
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