Bueno pues, me contaron
que unos amigos de unos amigos, Carla y Juan, un matrimonio a quienes
les iban muy bien las cosas y sus sueldos eran elevados decidieron invertir
y comprarse una casa. «Lo que tiene uno guardado no necesita
pedirlo prestado» y «Casa propia es un tesoro
que no es pagado con oro». Ganaban sí, a base de
no tener horario fijo y organizar sus jornadas con antelación. «Lo heredado es regalado, y lo comprado sudado».
Total, que decidieron ir cada uno por separado a ver los inmuebles y luego,
teniendo en cuenta las condiciones monetarias, el estado de conservación,
las habitaciones, anexos... comentarse una vez juntos todos los pros y
contras y escoger lo más conveniente; porque hay que tener en cuenta
que «Quien compra lo que no puede, luego, vende lo que le
duele».
Al marido le tocó un chalet de las afueras, con jardín vallado,
y un edificio con muy buen aspecto, y como «Al hombre osado
la fortuna le da la mano», llama al timbre, ya que «Al
que no tiene vergüenza, no hay quien le venza».
Un hombre de edad, entre los 40 - 50, bien trajeado le abrió la
puerta. Juan le explica la razón de su visita y el hombre se apresuró a mostrarle el edificio. «Con buen vendedor se vende hasta
lo peor».
El vestíbulo, el salón, cuando entraron en la biblioteca,
Juan se sobresaltó, pues hallaron en el sofá a una pareja
en situación más que comprometida y ante su sorpresa el
anfitrión, sin inmutarse dijo:
-Permítame presentarle a mi mujer y a mi mejor amigo Jaime. «Quien
fía su mujer de un amigo, a la frente le saldrá el castigo».
El comprador pensó «Habla convenientemente o calla
prudentemente», no sabía donde mirar ni qué
decir, murmuró un "mucho gusto" aunque al observar al
dueño de la casa vio que no se había alterado en absoluto. «Ni alabes ni vituperes sino al que mucho conocieres».
Después de ver la casa, aunque Juan no recordaba casi nada excepto
la escena del sofá; «Tu joroba bien la oteo, la mía
es la que no veo»; terminaron en la cocina donde el dueño
le ofreció una taza de café, «La cortesía
no está reñida con nada». Mientras el vendedor
trasteaba con cafetera y tazas, Juan, todavía con su idea balbuceó:
«Para
no reñir un matrimonio,
la mujer ha de ser ciega y el marido sordo»
El
Refranero
«Para no reñir un matrimonio, la
mujer ha de ser ciega y el marido sordo». Habría
mucho que decir sobre este refrán, pero ocurre cada caso... y, «Antes
de pasar el vado, habla con los que lo han pasado», porque...
«Quién en casarse acierta, nada yerra».
-¿Y
su esposa y el señor que estaba con ella?
-¡Ah! No se preocupe, si quieren café que se molesten en venir
a buscarlo. «En arca sin llave ni candado no hay nada guardado».
¡Sorprendidos¡ ¿no? ¡Yo también¡
«Ni compres mula coja pensando que ha de sanar, ni te cases
con puta, pensando que se ha de enmendar».
Y después de esta anécdota viene a cuento aquello que dijo
una vez un político: "Todos los hombres necesitan una esposa,
pues tarde o temprano les saldrá mal algo de lo cual no podrán
culpar al gobierno".