"Por
ti, hijo de mi alma, he abusado de mi imaginación en la composición
de esta Oda.
He puesto en escena a esos Dioses que, de su vida, proezas y bellezas, soy
poco sabedor. Los he esculpido con todo su poder, de un poder que en mi
corazón de padre afligido por una larga separación, desearía
otorgarles desde esta distancia tan considerable.
Perdóname si los encuentras un poco exagerado, pero
¿Qué
puede aspirar un padre para el bien de su hijo que no sea con demasía?
Voy a principiar con un llamamiento a los Dioses, no todos, pues sería
pesado; me he limitado en aunar los más necesarios para la vida humana".
Edición
nº 105 - 15/Oct./15Nov./2002
Venid
todos ¡oh soberbios Dioses!.
Venid sacras Musas a mi ruego.
Acercaos Ninfas y bellas hadas,
dejad del trono los sillones,
cercados de delicadas flores,
terciopelos y sedas doradas.
De vuestros palacios bajad
entre las brunas del Infinito,
montados en vuestros Centauros,
sin tregua ni descanso galopad,
para dar todo el sabio poder,
sabiduría, astucia,
inteligencia, belleza,
y fuerza hercúlea para vencer,
a mi hijo, ese tierno ser
que lo siento tan idolatrado
y sólo de él tengo el recuerdo,
cuando gozoso lo sentí nacer.
Vos, inmortal fogoso Vulcano,
ponle ese fuego natural
en su roja y tierna sangre,
Diómedes, a él muy cercano,
morad siempre en sus músculos
con vuestra estoica valentía,
y tú, bellísima Minerva,
Diosa de entre las Diosas
como eres en sabiduría,
apártale de la ignorancia,
pósate en su cerebro infantil
y haz que el don del saber
haga
en él su firme estancia.
Vos, Neptuno, rey y señor
de la inmensidad del mar,
dadle en sus más pequeñas empresas
este fuerte empuje arrollador,
que a vuestra imperiosa voluntad
en esas aguas tanto profundas,
transformáis en suave calma
en fuerte y altiva tempestad!
Vosotras, bellas hadas queridas,
protegedlo de la sombra del mal.
Oh ¡celestiales ninfas!, en su sueño
entonad dulces notas sentidas
de esa música celestial.
Envolvedlo de blanca pureza,
del bien de vuestras almas puras,
¡inundadle de goce inmortal!
Venid Dioses poderosos,
os confío a mi amado hijo
a ese gigantesco poder,
no vaciléis, acudid presurosos
al escuchar del padre el ruego,
que os da desde esta tierra
que a vuestros pies rueda,
veníd... ¡Calmad mi desasosiego!
y Tú, Dios todopoderoso,
apártale de malos consejeros,
su alma tibia purificad
con vuestro néctar piadoso.
¡Oh, queridos Dioses, bajad!
Oda
escrita por un soldado en plena contienda de nuestra pasada Guerra Civil
Española, en la que, lejos del campo de batalla, nació su
primer hijo.
Por razones obvias mantenemos en el anonimato su autor.
RUEGO