Un
día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero
de mi clase caminando de regreso a su casa. Se llamaba Ramón. Iba
cargando todos sus libros y pensé: ¿Por qué se estará
llevando a su casa todos los libros el viernes? Debe ser un "traga".
Yo ya tenía planes para todo el fin de semana; fiestas y un partido
de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así
que me encogí de hombros y seguí mi camino.
Edición
nº 75 - 15/Ene./15/Feb./2001
Un
dia...
Mientras
caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Cuando
lo alcanzaron le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que
lo tiró al suelo. Vi que sus gafas volaron y cayeron al suelo como
a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda
tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así
que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus gafas. Vi
lágrimas en sus ojos. Le acerqué a sus manos sus gafas y le
dije: -Esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto. Me miró
y me dijo: -Gracias!. Había una gran sonrisa en su cara; una de esas
sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Lo ayudé con sus libros.
Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había
visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada.
Yo nunca había conocido a alguien que fuera a una escuela privada.
Caminamos hasta casa. Lo ayudé con sus libros; parecía un
buen chico.
Tomaros
unos minutos... Merece la pena
Me miraba fijamente y me sonreía.
«Afortunadamente fui salvado -continuó-. Mi amigo me salvó
de hacer algo irremediable».
Yo escuchaba con asombro como este apuesto y popular chico contaba a todos
ese momento de debilidad. Sus padres también me miraban y me sonreían
con esa misma sonrisa de gratitud.
En ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras:
«Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño
gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal. Dios
nos pone a cada uno frente a la vida de otros para impactarlos de alguna
manera».
Los amigos son ángeles que nos llevan en sus brazos cuando nuestras
alas tienen problemas para recordar como volar.
Le
pregunté si quería jugar al fútbol el sábado
conmigo y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana.
Mientras más conocía a Ramón, mejor nos caía,
tanto a mi como a mis amigos.
Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Ramón
con aquella enorme pila de libros de nuevo. Me paré y le dije: «Hola,
vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los
días». Se rió y me dio la mitad para que le ayudara.
Durante los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores
amigos. Cuando ya estábamos por terminar la secundaria, Ramón
decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo a la de Duke. Sabía
que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un
problema. Él estudiaría medicina y yo administración,
con una beca de fútbol.
Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó
el discurso. Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar. Ramón
se veía realmente bien. Era uno de esas personas que se había
encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado
en todos los aspectos, se veía bien con sus gafas. Tenía más
citas con chicas que yo y todas lo adoraban. ¡Caramba!, hasta me sentía
celoso... Hoy era uno de esos días.
Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le
di una palmadita en la espalda y le dije: «Vas a estar genial, amigo».
Me miró con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me
sonrió: «Gracias», me dijo.
Limpió su garganta y comenzó su discurso: «La Graduación
es un buen momento para dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado
a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros,
tus hermanos, quizá algún entrenador... pero principalmente
a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien
es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito,
les voy a contar una historia».
Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar la
historia del primer día que nos conocimos. Aquel fin de semana él
tenia planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su
armario y por qué llevaba todos sus libros con él: para que
su madre no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela.
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enviado por SERGIO